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martes, 7 de septiembre de 2010

Tiempo de Verano

Escena tórrida en blues. Calor aún del verano que no se ha ido. Puede ocurrir en cualquier apartamento de un barrio urbano, cercano al mar, siempre que tenga cerca un bar abierto a media noche. O a la vuelta de la esquina, sea donde sea.


Ella, la mujer, sentada frente a la ventana que da al mar, acaricia lenta sus cabellos, ausente, con sonrisa marina, mientras la luna inunda estancia y mar con el juego de la plata, del misterio esquivo de las sombras, de la brisa y los fantasmas.

La mujer se mueve, apenas inicia el escorzo de su cuerpo, inclinado ahora más, hacia el mar, y permite, con un juego de sutil coquetería, que la luz de la luna acaricie sus ojos, y sus labios, y los senos que bajo la fina camisa vibran en el placer de esa noche.

Y suave, hunde sus dedos en la humedad del sexo hambriento. Brillan los dientes en la noche clara y como alas extiende los brazos para escribir en ella, con la tinta de su adentro:

"Si me regalas una poesía en la noche abierta,
mi alma te dirá que te estoy amando".

miércoles, 7 de abril de 2010

El nombre de las cosas

Con esa vocación de dios de las cosas, fue dando nombre a cada bestia, vegetal o accidente que encontraba. Hasta detenerse ante el silencio. Y lo llamó silencio. Y se detuvo ante él.

Vio entonces que el silencio no era objeto, ni bestia, ni accidente. Vio una puerta que guardaba universos no nombrados y, en ese preciso instante, cayeron a los pies del que nombra las cosas, todos los siglos de cansancio ya pasados.

Y ya no supo qué nombre darle a cada matiz del rumor de las aguas; a cada sonido distinto del viento; a cada color reflejado en millones de atmósferas. Al gesto cambiante de las bestias que intentaba trasladar al de sus semejantes, sin serlo.

Así que cerró tras de sí la puerta de nuevo, pensando que el propio silencio iría nombrándose en sus formas infinitas. Exhausto, se entregó a la tierra. La distancia iba aumentando sin cesar, separándolo de todas la cosas, estirando la raíz hasta arrancarla de cuajo.

Debe ser la muerte, nombró por acercar la razón a ese torbellino. O el sueño al que mi ser, agitado por tanta incertidumbre, me arroja.

Siguió el silencio que se impuso sin necesidad de abrir puerta alguna. Como una respuesta tardía, esencial, se le dispersó por el ser otra esencia luminosa.

¿O la vida eterna? .


domingo, 22 de noviembre de 2009

EL CUENTO DE MAR (Gracias a Javier Ribas)

Es dificil para mi negarle nada a Javier Ribas. En este caso la propuesta era encantadora: había prometido un cuento a su amiga MAR. Puede que no sea este un cuento de princesas al uso; pero mo me cabe duda de que es un cuento de caballeros, que es lo más cercano a ese sueño de castillos y dragones. Esta vez me acompaña Mark Knopfler.



EL CABALLERO DE LA TORRE

El caballero sube desde la cripta hacia la estancia al oír ruidos en el exterior. Han pasado muchas horas desde la madrugada en que se postró ante el sepulcro para orar. Su cuerpo, entrenado para la austeridad y la guerra, no muestra rastro de fatiga. Se mueve ágil al subir la espiral de la escalera que, poco a poco, va anunciando la luz tamizada que alumbra la sala principal de la torre. Todo en él es fuerza y poder bajo su sobrio manto y la pesada armadura que viste, de los cuales no ha de despojarse jamás.

Alonso sube pausadamente los escalones y es como si hubiese iniciado un viaje hacia el pasado, ese pasado que vive junto a él, pegado a los muros de aquella torre. Se mezclan sonidos de guerra y gritos de angustia en su cerebro; el eco de pasos que llenan salones reales y, más que nunca, el sabor acre de la arena del desierto en Jerusalén.

Escucha su propia respiración, solemne, a medida que asciende peldaño a peldaño, y su mano ha ceñido el puño de la espada que cuelga cerca de su pierna derecha desde siempre. Al menos eso cree el Templario: aquel acero ha estado a su lado tanto tiempo, que se ha convertido en otro apéndice del guerrero.

Por un extraño azar, acude a su mente el desfiladero de Qurum-attun. Tierra Santa, 1187; a las órdenes de Guido de Lusignan. Saladino aplasta a las fuerzas templarias y hospitalarias. Alonso Miñarro revive por enésima vez el dolor de la enorme herida de su hombro izquierdo; la sangre manando de ella hasta teñir la arena que le sirve de sudario; el retumbar de los cascos a su alrededor. Luego, la oscuridad de la noche y el frío intenso sobre su cuerpo muerto, ahora tan vulnerable. Los ojos cerrados bajo el yelmo que protegió su cráneo en la batalla.

Escucha de nuevo el ruido que lo sacó de su oración: los ladridos de un perro y, bajo ellos, una voz incomprensible, leve, que se mezcla con la luz de la tarde. Ha escuchado ladrar a muchos perros y aquel sonido tiene algo de especial que el soldado no llega a comprender. Cuando alcanza el último de los escalones que ascienden desde la cripta, aún no ha desentrañado el misterio. Pero solo van a hacer falta unos pocos pasos para que comience a entender. El sol que entra por el lucernario superior de la torre, arranca un reflejo a su armadura cuando Alonso se sitúa frente a la única abertura que comunica con el exterior, protegido en la oscuridad.

Fuera, la pequeña Mar se ha parado al creer ver un destello en el interior de la torre. Si, está segura: lo ha visto. Su manita sujeta inútilmente la correa del perro que, ajeno, corre por el bosque, y mira hipnotizada aquella abertura negra que rompe la arquitectura compacta de la torre. Pasan segundos o años: el caballero y la niña se sienten atados a sus pies. Han dejado de ser dueños de la voluntad que podría impulsarlos a avanzar o bien a huir de aquel lugar. Detrás de la reja que forma la celada del caballero, sus ojos acostumbrados a escudriñar la noche, permanecen fijos sobre el pequeño cuerpo que, en medio del bosquecillo, parece una estatua perfecta. La mano que ciñe el pomo de la espada se crispa y, un segundo más tarde, cede la fuerza y los ojos de caballero se vuelven curiosos.

Mar ha comenzado a andar, decidida, hacia la Torre. Alonso, con un escalofrío, vuelve a notar la tensión en su mano y el corazón se acelera. La luz que atraviesa el yelmo dibuja líneas oscuras en sus ojos que, instintivamente, tratan de buscar un refugio. Algo le ha detenido: acaba de sentir vergüenza. Él, guerrero en decenas de batallas, la presencia que aterra al enemigo, está tratando de huir de un ser indefenso: una niña pequeña. Sin lograr que el miedo escape de los ojos libra su mano de la espada y asienta los pies sobre el suelo de aquella estancia que lleva siglos recorriendo. Espera.

No muestra el más mínimo asombro: es como si para la pequeña, después de haber entrado en un castillo medio derruido, lo más natural fuese hallar la figura real de un guerrero. ¿Cómo te llamas?. Y Alonso suda y duda y el brazo izquierdo hace un inútil movimiento hacia la espada y, sin voluntad murmura “Alonfo”. ¿Quéeeee? — es la respuesta incrédula de Mar —. “A-lon- fffo” — intenta puntualizar en un tono algo más alto el templario —. ¡Eso no es un nombre!. ¿Vives aquí?. ¿Qué haces?. ¿Por qué vas vestido de esa forma tan rara?.

Alonso se siente mareado. Lleva siglos sin oír voz alguna y aquel pequeño ser, que lo mira fijamente desde abajo, pregunta y pregunta cosas para las cuales no tiene respuesta. Porque él nunca ha tenido que dar respuesta a las cosas que suceden en la torre. Ni siquiera sabe por qué está allí: simplemente está. No sabe por qué cada día se postra ante el sepulcro de la cripta ni quien yace bajo aquel túmulo. No sabría decir por qué ora ni desde cuando lo hace. Está sintiendo cosas que no puede interpretar. Por ejemplo: su corazón se comporta como cuando entraba en combate. Late con fuerza, muy deprisa. Siente temor y placer y todos los músculos se tensan sin dolor.

Mientras tanto, Mar sigue preguntando cosas, distraída, sin esperar respuesta del caballero que la contempla abatido desde la protección de su yelmo. Se han sentado, ni siquiera sabe por qué, ni de quien ha sido la iniciativa. Pero allí están en el interior de la torre, Mar y Alonso, sentados, hasta que los ladridos del perro, más que el oro de la tarde, levantan a la niña de su piedra.

— Me voy, se hace tarde.

— ¿Te vas ya?.

— Si. Gregorio me está buscando.

— ¿Quién es Gregorio?.

— ¡Mi perro! — dice Mar como si no hubiese otra cosa más natural.

— Y tu, ¿cómo te llamas?.

— Mar.

— ¿Vas a volver?

Mar no entiende bien la pregunta. Se encoge de hombros y, mientras sale corriendo en busca de su perro, dice:

— ¡Claro!.

La noche ha pasado en blanco para Alonso. La luz del amanecer empieza a entrar por la abertura de la torre. Como cada día, el templario, se dispone a bajar a la cripta. Apenas ha descendido dos o tres peldaños, se detiene. No recuerda cuando apareció la niña ni qué hora era. Vuelve tras sus pasos y se sienta en la misma piedra que ocupó frente a ella aquella tarde.

Sus ojos, detrás de la reja que forma la celada, escrutan el exterior. Y espera...


miércoles, 16 de septiembre de 2009

La Innombrable (I)





Hechos de una materia que nuestro tacto no puede conocer; conformados de manera abominable a nuestra razón, los horrores que habitaron las primeras tierras emergidas, estaban presentes antes de que el barro se solidificara. Cuando el magma inicial aún era incandescente, ajenos al fuego y la destrucción, flotaban en esa atmósfera densa y calcinante como buitres en espera de su carroña. Los Antiguos precedieron en su cónclave a todo acontecimiento.

En su propia estructura informe, almacenaban todo el conocimiento sin importar en qué tiempo se hubiese desarrollado. Para su materia no existe el tiempo en las versiones conocidas por los humanos: todo tiempo confluyó siempre en un solo instante. Y, así, toda la sabiduría, todo el poder para dominar, tanto como la facultad de crear o destruir, se dieron de golpe desde el momento en que los Antiguos se aposentaron en Pannotia.

Pasado, presente o futuro son conceptos que no tienen cabida en este mundo en el que los sentidos, tal como los conocemos, no sirven para percibir la realidad.

Dejaron herederos de su estirpe antes de ser relegados tras los sellos que los encierran. Unos sellos que son vigilados a través de los siglos por guardianes que no conocen lo que guardan. Cuando la tierra tiembla, o cuando un volcán entra en violente erupción; cuando el mar embravecido destruye lo que encuentra en su camino o cuando el cielo se ilumina con ciertos colores incomprensibles, se escuchan, por encima de los terribles ruidos propios de la catástrofe, otros sonidos mucho más temibles que nadie entiende, que no pertenecen a ninguna fuente conocida ni a ninguna garganta humana.

Luego, cuando la Tierra fue configurando sus formas en el transcurso de millones de años, sus volúmenes inconcretos se fueron deslizando hacia los lugares más propicios a sus fines. Llegaron, si, a la vasta extensión de las tierras de Gondwana. Y fueron depositando de manera hermética todo el conocimiento en lugares concretos, solo localizables por aquellos que comprendían lo que se dio en llamar “el lenguaje de la Tierra”.

Esa lengua primigenia contiene toda la sabiduría de los Universos que forman la masa Hadéica.


Ella, venida también con los Primeros, desde el confín de lo desconocido, más antigua que ninguno de los horrores que hoy podemos sospechar, La Innombrable, va dejando en la Biblioteca de Pannotia las nociones de esos otros mundos en los que la atmósfera es tan densa, la gravedad tan pesada, que apenas se puede respirar. El saber prohibido de Universos enfermos que remedará, millones de siglos más tarde, siempre viva en la estructura íntima de esta tierra maldita, en los cultos innombrables del Faraón Negro, Nefrén-Ka.

viernes, 11 de septiembre de 2009

El Abad de Arbroath

A Santiago Solano





......Ah, vanidoso Abad!. Quien habría de decirte que esos minutos de gloria te llevarían al destierro más oscuro.

......6 de Abril de 1320. Tu hermosa retórica no embaucó al Papa de Avignón. Quizá sirvió para encauzar los deseos de independencia de los nobles escoceses. Quizá, como una mosca en el plato de Su Santidad, sirvió como acicate para que su pluma mirase hacia Eduardo III y le dijese “no compliquemos las cosas por el momento”. Quizá Juan XXII andaba muy ocupado declarando herejes a quienes afirmasen que Jesús y sus discípulos no ansiaban bienes materiales.

......En tu borrachera de poder la viste. Conseguiste bajo pecado su intimidad y su cercanía. Pero no mediste el poder de Avignón ni el alcance de su larga mano. Igual que Juan apartó al de Bavaria te relegó a ti a la soledad, al olvido, al frío.

......Y, ahora, tus pies congelados son apenas testigos de la cercanía de la muerte. Tus escritos sirven de alimento al Inglés mientras tu pan se pudre en el frío del invierno de Escocia.

......Tu única gloria será ver imitada la retórica del discurso que con tanto placer construiste, en la Carta Magna de un País que, siglos más tarde, vino a enredar mucho más los destinos del mundo.

sábado, 7 de febrero de 2009

Relato

Al caer la tarde nos refugiamos al abrigo de una gran piedra dispuestos a dejar pasar las horas en aquella montaña, en espera de que la madrugada nos trajese otra luz.

Dejé los sentidos abiertos a las sensaciones de las últimas horas y, cuando el anochecer nos envolvía, la emoción de los últimos sucesos no me permitía descansar. Recordaba cada palabra del guía y buscaba a mi alrededor los signos de los que me hablara. Me encontraba poseído por una magia desconocida. Mi maestro me dio a beber, de un recipiente de barro, un líquido espeso y amargo que, sin embargo, calmó mi sed al instante y me dejó una sensación de intensa paz.

Y luego lo comprendí todo sin palabras, sin saber decirlo con mi boca. Lo vi sin nieblas y con la misma claridad que sentía en el timbre de su voz. El águila que nos acompañó buena parte del camino, se posó junto a la roca, sin un ruido pese a su gran envergadura. Sin que su tenaz ojo se apartase de mi.

— ¿Qué estás viendo? — fueron las palabras de mi guía.

Como una catarata se despeñaron mis palabras más lentas de lo que yo hubiese pedido para ellas. Y, así, comencé mi primera noche de magia.

— Dentro de la caverna se mueven seres que distingo más allá de los ojos, sin formas precisas y sin la sustancia que conozco. Sus formas coinciden con mi imagen del mundo, pero no se cual es esta. Y me hablan del tiempo y de la esencia de las cosas del Universo. Lo comprendo todo pero aún no se decirlo. Veo el brillo del mundo ante mi y se cuanto va a suceder, sin saberlo, sin evitarlo, como si un líquido suave traspasara mi ser. Conozco todos los tiempos y estoy en cada uno en el instante en que vivo. Vuelo en el águila y corro sobre la pantera. Se suceden los días en Ávalon y en la caverna. Todo es y nada me ata.

— Eso – dijo el maestro – es el Conocimiento.


sábado, 24 de enero de 2009

Relatos Solidarios

Mal que bien, he tratado de cumplir con el compromiso. Javier se merece eso y el Proyecto en si, también. Cada dia veo como crece el número de relatos y pienso que habrá materia para publicar más volúmenes y, por tanto, para que esto sirva a más personas.


DAMIAN



Damián sentado junto al ventanal, ante su mesa de trabajo, miraba hacia el jardín, en el que un grupo de chopos esbeltos proyectaba la sombra de la tarde sobre el camino trazado con piedras y verde hierba. Un poco más a la derecha, a la sombra de unos robustos cipreses, el agua de la piscina reflejaba los colores del crepúsculo.

Se fue hundiendo lentamente, sin darse cuenta, en el agua que ahora ya le empapaba los pantalones y, de repente, la piscina carecía de fondo y paredes. Todo a su alrededor era luz azulada, tenue que, como una corriente plácida, lo arrastraba hacia algún fondo desconocido.

Desde aquella ventana, Damián se veía a sí mismo, a través de la tersa superficie del agua, hundirse sin sensación alguna de ahogo. Comenzó a alarmarse porque, a pesar de que la profundidad alcanzada era ya considerable, él, Damián, seguía viéndose desde la ventana y, por otro lado, él, Damián, podía verse desde el seno del agua, cada vez más abajo, mirando desde el otro lado de los cristales.

Fue arrastrado por alguna intención concreta hacia un abismo en el que ya la luz no cambiaba. Y se sintió discurriendo con gran agilidad por un amplio canal inundado de luz. Aquel tono azul del agua que lo tragó al principio había cambiado, convirtiéndose ahora en un matiz verde líquido, intenso y cristalino a través del cual podía ver todo lo que había dentro y fuera de aquel medio excepcional.

Y desembocó en algún sitio que era la totalidad de cualquier cosa que pudiese imaginar. Un lugar desde donde sus sentidos podían percibir el tacto líquido en que se sentía y el de la madera de la mesa en la que Damián estaba apoyado. Desconocía la forma de su ser, pero la imaginaba en su propia visión ante el ventanal. No tenía noción del tiempo, pero sabía cómo era su rostro porque lo estaba mirando de frente.

Y Damián, desde su mesa de trabajo, mirando su rostro inmerso en aquel verde líquido cristalino, tomó la estilográfica entre los dedos, suavemente, como si temiese dañarla, y escribió, centrado sobre el blanco folio:

“... sentado junto al ventanal, ante su mesa de trabajo, Damián miraba hacia el jardín, en el que un grupo de chopos esbeltos proyectaba la sombra de la tarde sobre el camino trazado con piedras y verde hierba. Un poco más a la derecha, a la sombra de unos robustos cipreses, el agua de la piscina reflejaba los colores del crepúsculo...”.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Decisiones




El cambio sobrevino de golpe. En la mente de Angel se fraguaba desde hacía tiempo; luego pasó un periodo difícil en el que la toma de decisiones se impuso. Y, finalmente, actuó.

Pero, a pesar de todo, Angel no tenía su mente preparada para el acontecimiento.

En los años anteriores, en todos los años de su vida, nunca había sentido realmente el problema. Angel era, ahora, un hombre de 43 años que se tenia que enfrentar a su realidad, y eso le desconcertaba. No era cobarde, había abordado situaciones difíciles en su vida sin pereza, aunque a veces, la tendencia a la inactividad fuese su primera salida ante los problemas.

En los últimos días había compartido la preocupación con su amigo Carlos. Le hablaba recurrentemente de sus temores, sus incertidumbres ante el hecho que se avecinaba. Bromeaba incluso, preguntándose cómo podía sucederle esto a él, con sus años, con sus antecedentes. Carlos escuchaba a Angel con gesto de comprensión, divertido, mientras con el dedo índice removía el hielo del whisky que bebía a pequeños sorbos. Hablaba poco, a veces le hacía alguna pregunta concreta. Escuchaba, sobre todo escuchaba con ese gesto de comprensión que nos dejan los años justo encima de las cejas. Porque Carlos era médico y de algo habían de servirle 30 años de profesión en estos momentos.

Angel acudía a su trabajo con normalidad pero, a medida que los días pasaban, la atención se iba disipando. Vivía en una continua zozobra en espera del momento señalado.

Y llegó el día. Y aunque Carlos le había ofrecido acompañarlo, fue decididamente solo a su cita. Todo fue bastante más rápido y normal de lo que su fantasía había temido. ¡Ya estaba hecho!. ¿Y ahora qué?. En las horas siguientes Angel llamó a su amigo en repetidas ocasiones: no se encontraba bien, se sentía angustiado, no sabía dar explicación a un montón de cosas que le sucedían. Carlos con paciencia escuchaba y le proponía acudir a su casa para charlar tranquilamente, pero por nada del mundo consintió Angel.

Los días siguientes no fueron mejores. Sentado en el sillón de casa, con la mirada baja, desconcertado, Angel sufría en soledad su nueva situación. Cierto que trataba de seguir los razonables consejos de su amigo, pero no conseguía erguir la cabeza, alejar de su mirada ese punto amargo y doloroso que tanta inquietud le estaba produciendo. Vestirse le resultaba un calvario; hasta el elemental hecho del aseo cotidiano no le era fácil. Paso varios días comiendo poco. Y por fin se atrevió a salir a la calle.

Con la sensación de tener todos los ojos de la ciudad clavados en su cuerpo, de ser observado por todo ser viviente entre el cielo y el infierno, con esa sensación de desnudez vergonzosa que nos acude a veces en los sueños, Angel fue a visitar a Carlos a su despacho.

El amigo se sintió muy contento de verle por fin. ¡Ya era hora!, ¿no?. Le preguntó cómo se encontraba, trató de animarlo y de hacerle llegar al convencimiento de que lo que le había pasado no era tan grave, que era relativamente frecuente. Él lo sabía como médico y como persona. El aire compungido de Angel hacia que Carlos apenas pudiese evitar una mueca burlona por no estallar en auténticas carcajadas.

Finalmente, ya no se pudo más. Con lágrimas en los ojos sin poder contener la risa, dijo al entristecido amigo:

- Vale, chico, vale: ¡que no eres el primero al que tienen que hacer una circuncisión después de los 40!.

martes, 16 de septiembre de 2008

Azul Cabo de Palos



Me creía fuerte, de verdad que creía que lo era.

Con los años es cierto que aprendemos algunas cosas. Otras, sin embargo, se escapan de manera pertinaz, como los sueños se nos escapan cuando despertamos. No experimento miedo, pero si, a veces, la sensación de soledad que hace de motor en la fábrica de la Adrenalina.

El mar de Cabo de Palos ( Murcia ) es hermoso y feroz. Nos gusta bucearlo y a veces nos regala, de la manera más insospechada, algo único, irrepetible ( o no, eso el tiempo lo dirá ).

El día 8 de Septiembre nos levantamos temprano. El tiempo estaba realmente feo: soplaba Levante y cuando en el Cabo sopla Levante hay que tenerle respeto. Pero nos sentíamos, ella y yo, felices de poder compartir ese último día bajo el agua, y queríamos bucear. Salimos de puerto para buscar una zona más o menos practicable; ya nos decían que la corriente era fuerte. Me explico: cuando en Cabo de Palos te dicen que "la corriente es fuerte" quiere decir que es brutal, que no hay manera de luchar contra ella, que los movimientos tienen que ser precisos y vigorosos porque si no o te agotas o te rindes.

Se tiró al agua desde la borda, equipada, y yo a continuación después que pasara bajo mi puesto. Con mi compás en la muñeca situé el rumbo - afortunadamente - antes de caer al agua: la corriente impulsaba el barco hacia los 240º, justo en dirección al faro. Me situé junto a ella, bien aferrados al "cabo de corriente" en la banda de babor. La corriente era de las que he dicho: brutal. Y el oleaje hacia cabecear la semirígida de manera amenazante. Habia que darse un pequeño impulso para pasar del cabo de corriente al de fondeo, sin apenas soltarse para no correr el riesgo de ser arrastrados por aquel rio marino turbulento. Sabíamos que 5 metros más abajo ese sufrimiento "casi" acababa. Pero hay que bajar esos 5 metros de forma segura: si la corriente te arrastra puedes aparecer sepa Dios donde.

Mi miedo era que la proa de la embarcación la golpease, que el oleaje la agotara, que me agotase a mi. Trataba de empujarla hasta el cabo de fondeo, pero no era posible sin su colaboración y... de repente, ella, tomó su decisión, así, sin más, sin avisarme. Como una Alfonsina maravillosamente cercana, vació de aire su chaleco y se sumergió libre en aquel infierno.

¿Qué hacer?. Pues solo una cosa: vacié el mío y me sumergí tras ella hasta coger su mano en aquel seno cada vez más amable. Vi por unos segundos el cabo que descendía desde la superficia hasta el fondeo alejándose de nosotros y, por ese instinto que graciosamente nos cede el entrenamiento, consulté el compás: 60º. Aleteamos con fuerza en esa dirección, la justa, la exacta, la que nos hubiese llevado, de no ser por esa endiablada corriente, hasta el pie de ese cabo. Del otro lado, el ordenador de buceo iba marcando la profundidad: -15, -20, -25, -30 metros... y avistamos fondo, un fondo aún no familiar para mi... -35 metros... y, ya en el fondo, la corriente ha cedido algo y permite que nos estabilicemos. Consulto de nuevo la brújula y nado hacia los 60º.

¿Cómo explicarlo?. En tierra nos orientamos en dos dimensiones (quienes se orientan, porque algunos no son capaces de llegar a la cocina de casa sin la indicación verbal adecuada). Pero bajo el agua lo hacemos en tres dimensiones: la profundidad cuenta. Cuando caes en un paraje totalmente desconocido corren por tu cabeza todo tipo de infortunios posibles y eso, sin remedio, hace que el consumo de aire que llevas a la espalda encerrado en una botella más o menos grande, aumente. Así que además de mirar la brújula, el ordenador, miras también el manómetro que indica la presión de aire que te va quedando: 150 Atmósferas (AT). Como hemos partido de una carga más que generosa de 230 AT, nos beneficiamos de un resto adecuado, pero ambos sabemos que el consumo en esa bajada ha sido muy alto.


Aqui llega la soledad: nadie me puede ayudar a orientarme en ese fondo. Tengo que alcanzar la pared de una montaña sumergida y, si lo consigo, saber donde me encuentro. Si la corriente no ha variado, nuesto objetivo seguirá estando hacia los 60º (justo el lado contrario de los 240º que medí en superficie). Pero si ha cambiado podemos estar en cualquier lugar de este Mar. Avanzamos ya más tranquilos y pronto veo la pared y luego...

Luego empieza uno de los buceos más maravillosos que hemos disfrutado a lo largo de tres años. Llegamos a un paraje amado y totalmente conocido por mi, y mis gestos (que ella no comprende) son expresivos: levanto los dos dedos índices hacia el cielo que nos presta una luz tamizada por la profundidad. Son Las Agujas, un paraje mágico a -30 metros y, en ese momento, totalmente relajante. Dos picos de roca recubiertos de vida marina: Gorgónias, Ánémonas, Meros, Espetones, que enmarcan un estrecho desfiladero y señalan nuesto rumbo para comenzar la navegación. Protegidos de la corriente por la pared, y felices, navegamos uno junto a otro hasta llegar a la punta Sur del Bajo. Poco antes hemos avistado dos águilas - especie de mantas - que nos enseñan sin soberbia cómo se debe ser elegante bajo el agua. Pero al doblar esa aguda punta Sur de la roca nuestros ojos no dan abasto: dos más, otras cuatro a la izquierda y... esas otras dos que llegan de frente. Hasta diez águilas, que por suerte no sobrepasan la cantidad de nuestros dedos para marcarlas, nos rodean a la distancia que su timidez e indiferencia les permite.

Se paró en ese punto el relój, la aguja del compás y el aire restante se nos hizo líquido vital para la maravilla que se nos regalaba. Solos, en ese azul profundo, sonriéndonos sin otro oficio que maravillarnos, dejamos que aquellos seres perfectos volasen hasta hacerse, ellas también, azules como el agua misma.

El siguiente color que recuerdo es el del vino en la copa, el de su sonrisa y el otro azul, el de esos ojos felices que amo. Por eso volveré a tirarme al mar en la corriente, volveré a sentirme solo si es preciso, y volveré a buscar las águilas. Porque ver la felicidad en unos ojos azules como los de ella, bien vale morir.

lunes, 25 de agosto de 2008

25 de Agosto

Me hundo léntamente a través de las horas. Con ese gesto mecánico que parece existir desde siempre, aseguro las llaves de casa y que los zapatos estén limpios. Echo la última ojeada, sin prisas y sin nada que mirar.

Demoro, consciente, el momento.

Esta vez no me llevo nada en los ojos. Al cerrar la puerta dejé con cuidado tu aroma sobre la encimera del baño; dejé el sabor de la sal en la cocina; la dulzura de la brisa del mar esperándome en la percha del recibidor. Salgo sin defensas y sin más lastre que esa abrumadora sensación de inutilidad en mis actos.

El sol del medio dia es implacable, no sabe de espacios íntimos, penetra sin piedad en todos los rincones y descubre el brillo de sudor en mi frente. En la carretera nada ha cambiado hoy, las mismas curvas de cada día siguen en su sitio, las mismas prohibiciones y esas chicas de la puerta del bar que siempre parecen la misma chica, sea cual sea el color de su piel.

Durante la mañana procuré no hacerme ninguna pregunta impertinente. He recurrido a la mecánica de los días insoportables. A saber: echar un poco más de café instantáneo en la taza; no comer nada sólido; ducharme dejando que el agua corra por mi cuerpo desde la cabeza a los pies, y nunca al revés; elegir con pereza la ropa que he de ponerme, sabiendo que mi piel va a rechazar cualquier sucedáneo de su desnudez; tomar mi segundo café.

Y mirar por la ventana.

Y recordar esos versos escasos de anoche, leídos como siemrpe al azar, en voz baja primero, para ella después:

"La acusación estuvo demasiado tiempo dentro de tu lengua,
Eres tardío como las sustancias destinadas a la dulzura.

Lames mi piel hasta que brotan signos y tus sollozos forman bóvedas en mi corazón.

pero mi piedad está habitada por animales muy esbeltos, por animales persuasivos y otros versados en la fugacidad.

Solo tu eres exterior y horrible: el que robó mis actos y no duerme;

el que está ciego en la serenidad

................

Yo he puesto días en mis ojos y mis acciones son como el olor
de la resina en un lugar profundo.


Sólo vi luz en las habitaciones de la muerte.


A las 6 de la tarde en mi consulta: ¡Hola Isabel!, ¿cómo te encuentras?.

lunes, 14 de julio de 2008

Mnésareté


Sueño que la fatiga se anuda en torno a mi garganta. El maestro cincela con amor la piedra mármol y la convierte en suavidad, en deseo: en la belleza.


Antes del baño, Afrodita se cubre con un leve velo. Ajena a su belleza se acerca a la hydria, vuela, sueña. Es hermosa desde lo más hondo del tiempo, sin destino, solo para serlo. Y, precisamente esto, es lo que la hace eterna. Afrodita no sabe de celos ni victorias; nada se mueve en ella para ser ofrecido. El cielo se abre para contemplar ese huracan de sus caderas, pero ni una gota del océano la ha de tocar. Y ella que nada sabe, lo sabe.


El maestro enloquece por esa distancia ingenua de la diosa. ¿Cómo atrapar la belleza?. Y busca entre el polvo la hermosura, y halla en la belleza la razón de su obra incompleta. Igualar el tacto de la piel y la piedra. Friné es la diosa.


Ya convertida, ahora no Afrodita, Friné deja caer lánguidamente sus vestiduras y se gira en un gesto despreocupado de pudor. Su mano no alcanza a cubrir el centro del Universo. Es el mismo universo que salvará su vida ante los jueces, acusada de desvelar los más íntimos secretos del misterio de la vida y la fecundidad. El mismo universo que llenará de amor y ciencia el mundo allá por donde la Diosa pasea.


Ahora, amante, Friné reclama para si la imagen de Eros, la más preciada para el maestro. Se sumerge en el agua y cierra los ojos dejándose besar por su destino.

jueves, 12 de junio de 2008

EN ESTOS DIAS

No me acuerdo de horas ni fechas. Solo conservo la memoria de la piel y la impresión que el espacio me deja. El frío o la humedad, el beneficio de las tardes con sol y la claridad de la luz por la mañana temprano. Me acuerdo de las cosas y también de las personas, pero no recuerdo cada nombre.

En los pocos momentos de paz me alejaba de las palabras y me sumía en un duermevela desganado, dejándome llevar a ese otro país soñado tantas veces, donde la caricia se hace carne y los labios, cuando besan, no buscan acuerdos previos ni demoran el contacto en espera de un olvido que, a veces, no llega.

Había venido a este encuentro marino con el escozor que ciertas puertas cerradas me habían dejado días atrás. Venía más con ansia de encuentro que con temores de distancia. Y con esos ojos miraba la pinada y un triángulo azul de Mediterráneo que asomaba entre los cerros.

La última madrugada, envuelto en un abrazo, recordé las palabras de la bruja: “ya lo he hecho”. Y cerré los ojos para seguir esperando mientras sentía cómo la nada me sumía plácidamente en el sueño.




La noche se abre con espadas
De hielo y tiempo.

Camina hacia los escalones
Y siega los siglos de la ignorancia
Desvelando tu engaño.

Luego se retira despacio
Y cierra las puertas dormidas
Como los párpados del mundo.

Todo es espera
En el día de la resurrección