Se me dio el don de la orfandad para contar versos y lágrimas.
Atravesé el tiempo pregonando la culpa de todos los nombres malditos; los nombres que no me ayudaron los que aguantaron mi mirada sin piedad ante la angustia de no creer en Dios.
Cuando me siento atormentado esgrimo la sonrisa fácil: ojos rasgados, boca contraída.
Pero si ya no lloro no es por haber absuelto soledades, ni por andar en el olvido. Cuando el ánimo se seca es solo por no encontrar medio para la esperanza.
Y entonces, como única salida me entrego a la tarea de saber, de escribir, de ser lo único cierto en este engaño donde el amor no cabe y solo los listos sobreviven.
Llevo doce noches en vela tratando de verte más allá del negro de tu sombra. Y el día te devuelve como muralla altiva; soberbia, indiferente, ..............mágica.
Llevo desde el viernes intentando pintarte y el color se atraganta entre mis ojos. Cambias tanto que dudo si eres sabia, si callas un sueño eterno o si lloras desde tu cresta hirsuta.
Y ahora vuelo sobre el océano vegetal que nos separa, te abrazo en la madrugada, desnudo. Hago las maletas y prometo regresar.
No siempre sabio, sin ser tu dueño, seguiré mirando hasta desvelar, piedra a piedra, el antiguo secreto de tu fuerza.
El tiempo sopla una lluvia intensa de despedidas y billetes de metro que teje el desencuentro minucioso de un ser agonizando, masacrado por la ruina inminente.
Busca, desesperado entre basuras, la prenda soñada. Símbolo del rescate, de una locura colgada en el puente de todo este desorden que lo entierra y no llega a comprender.
Yo soy mi propio público; asido a mi soledad indecente, crecido como huérfano entre vómitos de alcohol y tabaco y alguna otra vileza.
No, no se trata de confusión de lenguas. Más bien se trata de lengua, de idioma, de escritura en estado puro.
Que nadie se atreva a decir que la Asociación está muerta... Que no lo diga. Que para nuestro bien, tenemos, de momento, dos ejemplos de trabajo, creatividad y belleza, que en los próximos días van a ser presentados en público.
El que suscribe, pobre provinciano del Levante español, sumido ahora bajo la nube de cenizas volcánicas islandesas, no va a poder disfrutar de lo uno ni de lo otro. Pero me parece importante recordaros a los "capitalinos", desde este sol de naranjos, que tenéis a vuestro alcance, y en fechas no coincidentes, la presentación de dos libros importantes.
EMILIO PORTA, mi querido amigo, fue galardonado, como todos sabeis, con el Blas de Otero de este año por su poemario "CORALES". El día 12 de Mayo le será entregado el premio en Majadahonda, en la Casa de la Cultura Carmen Conde (Plaza de Colón).
El maestro Enrique Gracia va a presentar esta belleza que yo tuve el honor de escuchar una madrugada casi en primicia, de la boca del mismímo Port. Leerá, junto con Enrique, nuestra querida Vera Moreno (Nelken Rot).
Espero que todos aquellos que tengais la suerte de estar alli lo arropeis, que mi niño está falto de mimos... Yo, Emilio, desde aqui, te mando mi abrazo entrañable y mi felicitación.
Pero, por otro lado, el día 18 de Mayo, nuestro querido SANTIAGO SOLANO presentará en La Biblioteca Municipal de Móstoles (Madrid también), ese magnífico libro suyo: "El autobús 538". Va a presentar el libro ni más ni menos que nuestro querido Alex (Alejandro Pérez García).
Esto va a ser de lujo. Porque el libro es raro de narices; os lo digo yo que me lo tengo analizado hasta la saciedad por razones que no digo. Pero está bien escrito como no podría ser menos viniendo de quien viene.
Así que, desde "provincias", también os pido que arropéis a Santiago el día 18 en Móstoles. Porque lo vale; porque se lo merece.
Porque todos debemos leer este libro iniciático e interpretar, a través de él, la vida y nuestra Red.
Ph‘nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn (En su morada de R’Lyeh, Cthulhu muerto aguarda soñando)
Flotando certera en el río sin más cobijo que la garganta de la noche se derrama el hambre inmemorial de esta raza.
Elegido como esencia de vida, nacido del agua, surge de su dominio y se aventura, dueño de sí y del orbe, más allá del este que la razón le dicta.
Hijo de asesinos, superviviente de mitos tenebrosos, el ser de luz conoce de antemano su hecatombe, la venganza del Abel que nunca ha muerto, el tirano que sella las últimas entradas con acero y piedra, labradas con el signo del olvido.
Ahí vivirá, por los siglos, nunca más otero en la sabana hasta la resurrección.
martes, 4 de mayo de 2010
Mi amor es más fuerte que el Poder de lo Oscuro. Mi amor es como una historia de cuento de hadas pero es real como los sentimientos que tengo. (Mark Knopfler. The Princess Bride)
Los héroes han dejado de bañarse en el jardín de las princesas.
Hay una huelga general de buenas intenciones.
Hoy, al hacer la limpieza, descubrí pesadillas olvidadas, brujas que buscaban su escoba y las fauces sin fuego de un dragón.
Como este canto, canción o libro - que nada importa desde donde se lea - os dejo mi homenaje a la lectura, al canto, a la expresión que nos une... Al libro, en fin, que es nuestro pan.
La canción es la amiga que me arropa y después me desabriga; la más clara y obscura, la más verde y madura, la más íntima la más indiscreta. La canción me da todo, aunqe no me respeta: se me entrega feliz cuando me viola. La canción es la ola que me eleva y me hunde, que me fragua lo mismo que me funde. La canción compañera, virginal y ramera, la canción.
Comenzamos un día por los tiempos de siempre y todavía; comenzamos felices a juntar cicatrices, como buenas señales de los años, y, peldaño a peldaño, levantamos paisaje sin excusa, sin ruego y sin ultraje. ¿Quién se atreve a decirme que debo arrepentirme de la esperma quemante que me trajo? Porque sangra de abajo yo no vendo ni rajo mi pasión.
Entre drama y comedia he llegado trovando a la edad media; torpe, pero sincero, aún no soy caballero (y que el cielo me libre de cordura) No me embriaga la altura ni me aburren los sueños; no es por moda que estallo y que me empeño. El amor sigue en brete y el camino a machete, más no lloro por tal ni me amilano, si conservo mis manos, mi sudor y el humano corazón.
Con esa vocación de dios de las cosas, fue dando nombre a cada bestia, vegetal o accidente que encontraba. Hasta detenerse ante el silencio. Y lo llamó silencio. Y se detuvo ante él.
Vio entonces que el silencio no era objeto, ni bestia, ni accidente. Vio una puerta que guardaba universos no nombrados y, en ese preciso instante, cayeron a los pies del que nombra las cosas, todos los siglos de cansancio ya pasados.
Y ya no supo qué nombre darle a cada matiz del rumor de las aguas; a cada sonido distinto del viento; a cada color reflejado en millones de atmósferas. Al gesto cambiante de las bestias que intentaba trasladar al de sus semejantes, sin serlo.
Así que cerró tras de sí la puerta de nuevo, pensando que el propio silencio iría nombrándose en sus formas infinitas. Exhausto, se entregó a la tierra. La distancia iba aumentando sin cesar, separándolo de todas la cosas, estirando la raíz hasta arrancarla de cuajo.
Debe ser la muerte, nombró por acercar la razón a ese torbellino. O el sueño al que mi ser, agitado por tanta incertidumbre, me arroja.
Siguió el silencio que se impuso sin necesidad de abrir puerta alguna. Como una respuesta tardía, esencial, se le dispersó por el ser otra esencia luminosa.
Atendiendo al mandato recibido He tenido que hacerme el harakiri.
La sentencia se puso de antemano sin dejarme el espacio pertinente de defensa, que hubiera hecho mas grata la pena confirmada.
Una angustia recorre las palabras que se quedan colgadas en mis labios cada vez que pretendo disculparme. No hay manera de hacerte un comentario que exprese mi dolor impertinente, sin que sienta tus uñas que se clavan en el centro de toda mi paciencia.
Me cuestiono vivir esta aventura, que no tiene mas límite que tu ansia de vivirle la vida hasta al vecino. Y más bien me planteo emborracharme, escapar como pueda de tus neuras, irme de putas. Lo que sea por salir del agujero que pones a mis pies sin esperanza de que, algún día, como dice el maestro:
“coincidamos, te dejaras convencer y fueses como siempre te he imaginado”.
Le debo muchos ratos de gozo y reflexión a Don Manuel Alcántara. Este poema, como otras muchas cosas que traslado al papel, se debe a su esfuerzo diario en el periódico local. Yo, personalmente, envidio su facultad de decir lo cotidiano, lo hermoso y lo deleznable, de una manera tan exquisista, sin paños calientes...
El otoño regala anuncios por las aceras como el que oye llover.
Ahora todo es invierno que envejece sin gloria y sin dinero a la espera de la resurrección de la carne.
Si hace un año más o menos compré una tarta como esta para mi amigo Javier, esta mañana, tempranito, he ido a la pastelería y he encanrgado otra para celebrar con los amigos el CUMPLEAÑOS DE SANTIAGO. Esta es de chocolate, que yo se que él es muy goloso.
No se cuantos son los que caen. Pero sean los que sean yo me apuntaba a ellos ya mismo si los pudiese vivir con esa energia inagotable; con esa generosidad; con esa - tantas veces - alegría que Santiago rebosa.
Y como no puedo cantarte el Cumpleaños Feliz, porque sale primero lo del Red Bull... Solo te regalo esta tarta y te mando mi abrazo más entrañable.
Más allá de los dioses y sus actos traidores, con una marca estampada en la frente, Caín esperaba el futuro a lomos de un asno sin sentir temor.
Después del acto fraticida, tras hablar con su señor de algunas cosas que no vienen a cuento, y verse de patitas en la calle por aquel quítame allá esa quijada, Caín sufre el regalo de atestiguar todos los tiempos.
Ya que nada ha de acabar con su vida, desde el desierto al oasis, da fe de la locura celestial hecha poder en un dios tenebroso que ordena el sacrificio del hijo primogénito, la muerte de los niños en Sodoma, las masacres del hombre que inventó — en un acto de ingenio narcisista que salió mal, por un descuido —, y que ahora asesina y saquea como miembro del Pueblo Protegido.
Y así hasta este momento.
No cambia la divina vanidad ni su pereza. Si el chico del Patriarca no palmó, ¡por sus muertos! que su hijo si lo haría, si no a manos del Padre, del romano. Y es que tenemos que aprender que en las manos del dios que hemos quedado cualquier muerte apetece, sobre todo si conlleva una dosis de sadismo. Tanto dan en Egipto siete plagas, la cruz que prometió entre los ladrones o un billete sin vuelta para Auschwitz
Caín lleva su marca, y atestigua lo que haya sucedido en estos siglos: Que dios sigue enredado con su historia, y Azrael aún nos espera en el infierno.
Puede ser un buen ejercicio de autoestima regalarse este relato. Es sencillo: desconecta el teléfono móvil unos minutos; cierra la puerta de la habitación en la que estés y sumérgete en el relato que nos regala LUISMI. No tiene desperdicio.
Si te vistieras de seda no me haría falta soñarte. Saldrías a pasear por el jardín, te pondrías una flor en el pelo y dejarías que asomara, solo un poco, tu pecho por el escote.
Pero eso sería si te quitaras la falda de cuero y las medias tupidas que usas algunas noches inciertas; si no te pusieras por gargantilla el sello de esclava de tu empresa. Si al sonreír, no rodasen lágrimas por los tejados de mi ciudad.
No ha cambiado nada, y sin embargo, ahora te veo de otra manera. Se me ablanda algo por dentro ante la arruga fortuita de tu ceño, cuando te descubro llorando en la madrugada.
Y yo aprendo a amarte lentamente. Cuido que tengas la toalla preparada, leche para el desayuno, un beso y algunas cosas que hacer cada día. Y siempre tengo a mano las herramientas de aflojar dolores y ajustar peligros, por si alguna vez las necesitas.
No existe mejor coincidencia que leerte en un poema. Tus dedos son las sílabas que cuentas; los labios, el acento de aquel tiempo encendido que has escrito.
En la noche, te encoges o te alargas como hacen las palabras en tus versos. Y te apagas despacio con el sueño como lo hace el motor de tu coche si te vas.
Uno, entonces, cierra los ojos y respira esa luz que se queda pegada en las alfombras, testigo de la noche antepenúltima, de una sonrisa, de tu intención de amarme a ciegas.
Después de haber tendido la ropa, dejar a los niños en la escuela, tomar un café y leer el “Marca”, subía andando hasta el quinto, con la fatiga que dan mis dos paquetes diarios.
Hoy he decidido quedarme a echar la siesta con la rubia del segundo izquierda: esa regordeta que siempre me mira con una sonrisa de bombón relleno de licor.
Y es que, a veces, pasar por el purgatorio prepara la llegada a los cielos.
Desde que te has ido me he hecho amante de los bares. Encaramado en el taburete .......... - como cuando lo hacía sobre tí - cabalgo encendido por la noche esperando que un sueño piadoso me ponga de nuevo entre tus muslos sin las mismas consecuencias que otras veces. Me pregunto dónde fue a parar aquella vocación de ladrón de lunas que viví a tu lado.
Dejo aqui el enlace con la página de Enrique Gracia Trinidad, consciente de que no todo el mundo lee todos los Blogs, porque me parece importante que su última entrada sea leída por la mayor cantidad de gente posible.
Seguro que, después de conocer el contenido, entenderéis por qué.
Se que debía esta crónica. Quizá no es la que se esperaba: pero es la que he sentido.
Nos dan las 12 en la cubierta superior del barco, entre risas y voces que suenan en un idioma extraño y perfectamente inteligible por la cercanía de las pieles morenas. Fumamos de uno u otro paquete, porque en la cubierta de arriba se puede fumar. Abajo, la vida trascurre de manera distinta, callada, más culta y tranquila. Hay menos risas y se descansa. Porque quienes lo hacen sienten esa necesidad.
No me siento extraño en ningún lugar. Pero arriba me siento más yo; quizá porque puedo fumar. O puede que solo sea porque esas risas de la tripulación me suenan más cercanas. Sus manos, sus palabras que Sonia me va traduciendo noche tras noche, el regalo de su cercanía en esas horas, hacen que este viaje me sepa a necesario.
Nada de lo que sucede en el barco me es ajeno. A pesar del cansancio que produce bucear tres o cuatro veces al día, no puedo dormir sin vivir un poco en cubierta, sin saborear la vida que se me está ofreciendo delante. A veces en forma de enfermedad. He tenido que agradecer la suerte de mi profesión que me ha servido de puente para tocar, oír, hablar, curar... Y para disfrutar de las sonrisas cómplices.
Si Adel se enferma y todo son carreras y miradas de angustia que buscan en mi una respuesta. Y si yo me siento tan solo ante esa ansiedad y trato de dar una imagen de seguridad; y si lo consigo... Si Hamada, pese a su terrible infección de oídos, ojo y nariz me sonríe cuando le pregunto si toma las medicinas que le mandé. Si Mahmoud me ofrece un cigarro de su paquete nada más salir de bucear y, encima, pone en mis manos el timón de la “Zodiac” y me deja patronear en ese gesto de amistad y confianza. Si todo esto sucede, ¿qué puedo oponer cuando la noche me invita a sentarme bajo el cielo y escucharlos hablar en un idioma que desconozco pero que siento como mío?
La voluntad se contagia cuando el medio no está contaminado.
Por eso hemos asistido en estos días a un fluir de sentimientos que, más o menos libres, se han desatado. Algunos se preguntarán si el objetivo de mi viaje era o no bucear. Porque, es cierto, parece que ese fin no fuera importante. Habré de responder que, a veces, las razones iniciales no lo son todo. Más aún: muchas veces estas razones pierden su sentido sobre la marcha para que se nos permita alcanzar otras más plenas, mucho más sabrosas. Es, en realidad, cuestión de saber vivir los sucesos sin más predisposición que la de aprender.
He vuelto al Mar Rojo después de 3 años. Y ahora sé que volveré de nuevo. Porque es cierto que los miles de buceadores que visitan estos fondos cada año, los van deteriorando, contaminado, destruyendo sutilmente. Pero también he comprobado que las personas que viven allí siguen teniendo algo que me falta. O que tengo arrinconado en algún lugar bastante olvidado de mi ser. La arena sigue siendo blanquísima; los peces tienen unos colores inigualables; la luz no se puede describir. Pero las gentes que nos han hecho posible este viaje, esas no se encuentran en cualquier lado.
El día de nuestro regreso, 13 de Diciembre, cumplía 58 años. Y, mientras comíamos en Madrid y un grupo de buenos amigos me felicitaban, seguía preguntándome qué diablos hacia yo allí si mi corazón cada vez anda más repartido por los lugares que voy visitando, aunque sean repetidos.
Siempre hay algo nuevo en cada sitio que me va enamorando. Espero que algún día de estos no llegue a escribir la crónica de mis viajes, simplemente porque ya no haya regresado, porque me haya quedado, definitivamente, al lado de la vida.
¡Bueno!, de nuevo ha llegado el momento de hacer maletas, preparar equipajes de buceo, comprobar que todo funciona correctamente. Todo ello con esa emoción casi de primerizo que siempre me producen estos viajes.
Esta vez nos vamos al Mar Rojo. Ya estuvimos alli en Abril de 2006. Después ha habido muchos otros viajes a otros paraisos pero, la opinión consensuada, es que este es el mejor lugar de buceo que hemos conocido hasta ahora.
Y como algo hay que resaltar de entre las muchas cosas maravillosas que encierran estas aguas, para mi, que soy "chatarrero" impenitente - o sea, que me encanta bucear en barcos hundidos - el pecio Thistlegorm es uno de los mayores atractivos de este viaje.
Un poco de historia:
En 1941 en plena Guerra Mundial, el carguero inglés Thistlegorm, tras rodear el continente Africano, para evitar a los buques alemanes, es avistado por una escuadrilla de aviones alemanes, que le lanzan un par de bombas, que hacen que mueran 14 de sus tripulantes por el impacto y el buque comience su inevitable hundimiento.
Este es el origen de este pecio, sin duda el más espectacular del mundo, por las aguas en las que se encuentra hundido y por su carga (motocicletas, coches, alas de avión, e incluso una locomotora).
El 2 de junio de 1941 con destino a Alejandría salió del puerto de Glasgow, se dirigió a algún lugar del sur de Inglaterra, donde se armó con ametralladoras y de ahí lideró un convoy con destino Sudáfrica.
Tras su parada en Sudáfrica, el convoy entró en el Mar Rojo la tercera semana de septiembre. En la entrada del Mar Rojo, recibió el capitán la orden de esperar instrucciones. En esos momentos el canal fue bloqueado por dos buques y el Thistlegorm se quedó dos semanas por el sur del canal, hasta que llegó a los alemanes el rumor de que un buque del tamaño del Queen Mary se hallaba en esa zona con el objeto de descargar tropas en el norte de África. En 1941 el ejercito Alemán controlaba todo el Mediterráneo.
Fue hundido por un avión Heinkel 111's Alemán a las 22:50 h del día 5 de octubre de 1.941 mientras estaba fondeado esperando a su buque escolta.
El barco estuvo prácticamente en el olvido hasta hace unos pocos años y fue descubierto por el Comandante Cousteau el cual mantuvo sus coordenadas en secreto durante bastante tiempo.
Luego, al regreso, os contaré alguna cosa más. Pero ahora he querido dejaros un regalo, para aquellos que tengais, en algún momento, 10 minutos para disfrutar.
Es dificil para mi negarle nada a Javier Ribas. En este caso la propuesta era encantadora: había prometido un cuento a su amiga MAR. Puede que no sea este un cuento de princesas al uso; pero mo me cabe duda de que es un cuento de caballeros, que es lo más cercano a ese sueño de castillos y dragones. Esta vez me acompaña Mark Knopfler.
EL CABALLERO DE LA TORRE
El caballero sube desde la cripta hacia la estancia al oír ruidos en el exterior. Han pasado muchas horas desde la madrugada en que se postró ante el sepulcro para orar. Su cuerpo, entrenado para la austeridad y la guerra, no muestra rastro de fatiga. Se mueve ágil al subir la espiral de la escalera que, poco a poco, va anunciando la luz tamizada que alumbra la sala principal de la torre. Todo en él es fuerza y poder bajo su sobrio manto y la pesada armadura que viste, de los cuales no ha de despojarse jamás.
Alonso sube pausadamente los escalones y es como si hubiese iniciado un viaje hacia el pasado, ese pasado que vive junto a él, pegado a los muros de aquella torre. Se mezclan sonidos de guerra y gritos de angustia en su cerebro; el eco de pasos que llenan salones reales y, más que nunca, el sabor acre de la arena del desierto en Jerusalén.
Escucha su propia respiración, solemne, a medida que asciende peldaño a peldaño, y su mano ha ceñido el puño de la espada que cuelga cerca de su pierna derecha desde siempre. Al menos eso cree el Templario: aquel acero ha estado a su lado tanto tiempo, que se ha convertido en otro apéndice del guerrero.
Por un extraño azar, acude a su mente el desfiladero de Qurum-attun. Tierra Santa, 1187; a las órdenes de Guido de Lusignan. Saladino aplasta a las fuerzas templarias y hospitalarias. Alonso Miñarro revive por enésima vez el dolor de la enorme herida de su hombro izquierdo; la sangre manando de ella hasta teñir la arena que le sirve de sudario; el retumbar de los cascos a su alrededor. Luego, la oscuridad de la noche y el frío intenso sobre su cuerpo muerto, ahora tan vulnerable. Los ojos cerrados bajo el yelmo que protegió su cráneo en la batalla.
Escucha de nuevo el ruido que lo sacó de su oración: los ladridos de un perro y, bajo ellos, una voz incomprensible, leve, que se mezcla con la luz de la tarde. Ha escuchado ladrar a muchos perros y aquel sonido tiene algo de especial que el soldado no llega a comprender. Cuando alcanza el último de los escalones que ascienden desde la cripta, aún no ha desentrañado el misterio. Pero solo van a hacer falta unos pocos pasos para que comience a entender. El sol que entra por el lucernario superior de la torre, arranca un reflejo a su armadura cuando Alonso se sitúa frente a la única abertura que comunica con el exterior, protegido en la oscuridad.
Fuera, la pequeña Mar se ha parado al creer ver un destello en el interior de la torre. Si, está segura: lo ha visto. Su manita sujeta inútilmente la correa del perro que, ajeno, corre por el bosque, y mira hipnotizada aquella abertura negra que rompe la arquitectura compacta de la torre. Pasan segundos o años: el caballero y la niña se sienten atados a sus pies. Han dejado de ser dueños de la voluntad que podría impulsarlos a avanzar o bien a huir de aquel lugar. Detrás de la reja que forma la celada del caballero, sus ojos acostumbrados a escudriñar la noche, permanecen fijos sobre el pequeño cuerpo que, en medio del bosquecillo, parece una estatua perfecta. La mano que ciñe el pomo de la espada se crispa y, un segundo más tarde, cede la fuerza y los ojos de caballero se vuelven curiosos.
Mar ha comenzado a andar, decidida, hacia la Torre. Alonso, con un escalofrío, vuelve a notar la tensión en su mano y el corazón se acelera. La luz que atraviesa el yelmo dibuja líneas oscuras en sus ojos que, instintivamente, tratan de buscar un refugio. Algo le ha detenido: acaba de sentir vergüenza. Él, guerrero en decenas de batallas, la presencia que aterra al enemigo, está tratando de huir de un ser indefenso: una niña pequeña. Sin lograr que el miedo escape de los ojos libra su mano de la espada y asienta los pies sobre el suelo de aquella estancia que lleva siglos recorriendo. Espera.
No muestra el más mínimo asombro: es como si para la pequeña, después de haber entrado en un castillo medio derruido, lo más natural fuese hallar la figura real de un guerrero. ¿Cómo te llamas?. Y Alonso suda y duda y el brazo izquierdo hace un inútil movimiento hacia la espada y, sin voluntad murmura “Alonfo”. ¿Quéeeee? — es la respuesta incrédula de Mar —. “A-lon- fffo” — intenta puntualizar en un tono algo más alto el templario —. ¡Eso no es un nombre!. ¿Vives aquí?. ¿Qué haces?. ¿Por qué vas vestido de esa forma tan rara?.
Alonso se siente mareado. Lleva siglos sin oír voz alguna y aquel pequeño ser, que lo mira fijamente desde abajo, pregunta y pregunta cosas para las cuales no tiene respuesta. Porque él nunca ha tenido que dar respuesta a las cosas que suceden en la torre. Ni siquiera sabe por qué está allí: simplemente está. No sabe por qué cada día se postra ante el sepulcro de la cripta ni quien yace bajo aquel túmulo. No sabría decir por qué ora ni desde cuando lo hace. Está sintiendo cosas que no puede interpretar. Por ejemplo: su corazón se comporta como cuando entraba en combate. Late con fuerza, muy deprisa. Siente temor y placer y todos los músculos se tensan sin dolor.
Mientras tanto, Mar sigue preguntando cosas, distraída, sin esperar respuesta del caballero que la contempla abatido desde la protección de su yelmo. Se han sentado, ni siquiera sabe por qué, ni de quien ha sido la iniciativa. Pero allí están en el interior de la torre, Mar y Alonso, sentados, hasta que los ladridos del perro, más que el oro de la tarde, levantan a la niña de su piedra.
— Me voy, se hace tarde.
— ¿Te vas ya?.
— Si. Gregorio me está buscando.
— ¿Quién es Gregorio?.
— ¡Mi perro! — dice Mar como si no hubiese otra cosa más natural.
— Y tu, ¿cómo te llamas?.
— Mar.
— ¿Vas a volver?
Mar no entiende bien la pregunta. Se encoge de hombros y, mientras sale corriendo en busca de su perro, dice:
— ¡Claro!.
La noche ha pasado en blanco para Alonso. La luz del amanecer empieza a entrar por la abertura de la torre. Como cada día, el templario, se dispone a bajar a la cripta. Apenas ha descendido dos o tres peldaños, se detiene. No recuerda cuando apareció la niña ni qué hora era. Vuelve tras sus pasos y se sienta en la misma piedra que ocupó frente a ella aquella tarde.
Sus ojos, detrás de la reja que forma la celada, escrutan el exterior. Y espera...
La FAO advierte sobre la distribución de recursos... Mas de 1000.000.000 de seres humanos pasan hambre... La Cumbre USA-China condenada al fracaso... Las emisiones de CO2...
Vamos a hacer un guiso con sentido, sin asador al que echar carne, ni huesos que no sean de santo: un caldo de cultivo sin veneno.
Sin pensar la famélica sabana como un plato de arena; la selva miserable, una ensalada; la guerra, el condimento de la vida.
Soñemos un momento que los niños no mueren. O que esta tarde en el cine dieran sesión doble, y que las balas son de chocolate.
Que un nuevo diluvio se apodera de los hombres que maltratan la tierra. Que nunca despertamos de ese sueño y que, de una vez, se acaban los diarios.