Con esa vocación de dios de las cosas, fue dando nombre a cada bestia, vegetal o accidente que encontraba. Hasta detenerse ante el silencio. Y lo llamó silencio. Y se detuvo ante él.Vio entonces que el silencio no era objeto, ni bestia, ni accidente. Vio una puerta que guardaba universos no nombrados y, en ese preciso instante, cayeron a los pies del que nombra las cosas, todos los siglos de cansancio ya pasados.
Y ya no supo qué nombre darle a cada matiz del rumor de las aguas; a cada sonido distinto del viento; a cada color reflejado en millones de atmósferas. Al gesto cambiante de las bestias que intentaba trasladar al de sus semejantes, sin serlo.
Así que cerró tras de sí la puerta de nuevo, pensando que el propio silencio iría nombrándose en sus formas infinitas. Exhausto, se entregó a la tierra. La distancia iba aumentando sin cesar, separándolo de todas la cosas, estirando la raíz hasta arrancarla de cuajo.
Debe ser la muerte, nombró por acercar la razón a ese torbellino. O el sueño al que mi ser, agitado por tanta incertidumbre, me arroja.
Siguió el silencio que se impuso sin necesidad de abrir puerta alguna. Como una respuesta tardía, esencial, se le dispersó por el ser otra esencia luminosa.
¿O la vida eterna? .












