Invento flores
como el desierto en día de lluvia.
Y no son mi afición inconfesable.
Es más bien que los nombres que contienen
me sugieren colores excitantes
pasionales o perversos.
El juego, muchas veces, es sencillo:
reparto nombres al azar.
Siempre hallo un argumento que me inspire
asomando a través de algún escote,
en la piedad de unas caderas,
en ese espacio-piel que se me ofrece
ingenuo tras la barra si te agachas,
o acurrucado
en la esquina de una sonrisa.
Da lo mismo cual sea la excusa
o el hielo de la copa que me bebo
muy lentamente.
Del otro lado hay un jardín
y yo sospecho el nombre de sus flores.

















