Para verme, en ocasiones, necesito
un acto vehemente de conciencia
solidaria.
No me sirve cualquier plano,
no me ayudan los reflejos que me
brindan los amigos.
Las pantallas que utilizo
están al fondo de un vaso, mezcladas
con hielo;
o en medio de la niebla de un bar
ardiendo en la pupila de alguna
camarera.
Es allí donde la arruga de mi frente
se me esconde carne adentro y la luz
es tan amable
que no hace acto de presencia entre
las canas.
Solo hay una voz que invita al
desaliento,
no hay obstáculo que se alce
entre mi otoño y su tersura.
No hay espacio que se frene a mi
presbicia
ni manera de explicarme en esos ojos.
Es el sobresalto
que me ciñe desde el vientre hasta el
gaznate,
dura unos minutos trasgrediendo la
rutina
y luego se aleja poco a poco
sin sorpresas, entendiendo
que hay caricias que te esperan
hasta la siguiente copa.