
Escribir es un trabajo
que se mete a contrapelo entre los dientes;
tan ingrato, que persigues el remedio
que te salve de unos versos mal medidos,
sin lograrlo casi nunca.
Escribir es mal negocio.
Te levantes muy temprano
o te acuestes con el día,
nunca llegas a cuajar media jornada
que te alcance para hacer un equilibrio
entre el hambre y la taberna.
Y lo malo de este juego sin remedio,
es la droga que llevamos en los genes:
no es posible que nos deje ni dejarlo.
Solo, a veces, la fortuna te sonríe
cuando aquello que deseaste
que dijeran las palabras que has escrito
es, justo,
lo que tú querías decir.