
Enterró la mano
entre sus huesos iracundos
dejándose moler como semilla.
Decidió amar precisamente
la parte más canalla de su muerte.
Se fue desprendiendo, poco a poco,
del cauce que condujo sus actos y las sombras
se hizo lluvia
o roble milenario que sostiene la tierra con sus hojas.
Sembró la soledad
en sus libros del debe y del haber
para enjugar deudas pendientes.
Regresó luego;
fue virgen en el tiempo
maldito de los pueblos desterrados;
aquellos que mataron la ciencia de la especie.
Y al ser de la mañana,
emblema de las horas de la noche y sus actos,
el que baila desnudo,
se le dio el fuego que se clava adentro,
el que hace de las venas semillero.
Se le dio
en un solo acto su arma y la conciencia
y escarcha en una flor que se viste de rojo
para que usara su albedrío.