
Con aire de hebra de tabaco
perdida en el bolsillo;
con un mechón de pelo entre los ojos
que sueñan, como tú, de tarde en tarde,
y el paso indeciso que presta
un cordón suelto en el zapato,
avanza hacia la luz.
Detenido en el vientre de una esquina,
meciendo la cintura,
valora un viento que le empuje
ajustando derivas a sus mares.
Por fin, una gaviota, le señala
con un signo certero de tacones
y alguna mirada que confunde,
un norte que promete
más ron que besos,
más historias por contar que perfumes
o pechos arriesgados que le acojan.
Decidido se adentra
barra adentro del bar,tras de su paso.
Recoge un trago de la barra
y lo lleva hasta el borde del silencio
de unos labios carmín que no le esperan.
Es la hora más cercana y más canalla,
la que acerca bocas y entorna párpados.
El fondo más oscuro de aquel antro
les convoca a un ritual de besos y caricias
y se entregan en él sin esperanza;
se comen palmo a palmo con lujuria.
De un tirón, con el último suspiro
recoge el saco,
escupe hacia la izquierda antes del beso
y no mira hacia atrás cuando la noche
traga su cuerpo derrotado.
Solo retira el pelo de sus ojos,
ajusta el nudo del zapato
y silba una canción (que espante el miedo)
mientras clarea la niebla en el muelle
y llama la sirena del barco que le aguarda.