La mano del niño no alcanza la luna. Subido en el dedo perfecto de Dios se baña en un llanto de sueño improbable y tienta a la suerte. Se estira creciendo en el tiempo, saltando con plomo en los pies. Mientras penetra la adulta raíz en la carne del niño y la tierra. El dios de la cosas esconde su dedo y espera paciente a que llegue otra noche.
No bastaba el cielo espléndido de Cáceres. La luz, que reflejaba en el río y escapaba entre la enramada del soto, no era suficiente.
Mientras tanto, pocos minutos después de nuestra llegada a la casa, ya estaba todo dispuesto, en ese orden improvisado que hace hogar sin darte cuenta. Uno llega y deja su — digamos — tabaco, en algún sitio; y ahí seguirá el resto de los días, sentando plaza. Y ya, con la noche cumplida, después de la cena, salí a empaparme de estrellas que amenazaban con caerse de un cielo imposible. Y vi que no iba a bastar con esos millones de puntos de luz. Ni con el creciente magnífico que ya dejaba señales inequívocas en el agua.
Fueron otras las cosas que encendieron la estancia. El abrazo de Carlos y sus manos, ¡tan tierra!. Esa mirada de ceguera consciente y ternura insensata en un acta de capitulaciones a través de la cual nos daba su casa.
¿Cómo hubiésemos podido movernos sin las alas que iban dejando risas y canciones?. Sonó Colombia en la fuerza dulce de Juliana, que nos tenía por mostrar cada belleza de su tierra y de su historia.
Y sonó, dulce o más, Brasil, en el alma y los brazos de Bruno, que no había algo que hacer que él no hiciese: si leña, si agua, si risa, si baile. Si mirar..., si callar... Y así, aprendí que todos los brasileños cantan la samba con el mismo tono íntimo, susurrante, cálido. Con ese que nos ayuda a soñar con el Carnaval y tantas otras cosas!.
Ni las llamas de esa chimenea que nos convocaba dieron más luz que ciertas sonrisas de Sara o Gonzalo. Las de cada uno; las de ambos cuando chocaban en sus ojos o sus cuerpos. Y me preguntaba ¿cómo diablos se ha enterado de que faltaba pan, si estaba embobado/a?. Pero sí, se enteraban de todo. Y aún atisbé a Gonzalo bajo los árboles. Creo que buscaba un “Sitio de Poder”. No se, habré de preguntarle.
Hemos llegado a hacernos expertos en recoger aguas residuales del suelo con la mejor de las sonrisas. Y es que, con esta gente al lado, me río yo de los colectores obstruidos. Claro, que así pudimos regresar al placer de la letrina natural y de lavarnos los dientes en plena naturaleza. Una tarde vi a Sara, como emergiendo entre las zarzas. Venía mojada hasta las rodillas, llena de pinchos, cámara en ristre y con una sonrisa entre los ojos que, esa sí, iluminaba todo el bosque.
Creo que fue después de las primeras 12 ó 18 horas cuando me di cuenta de que algo había cambiado. Miré en todas direcciones; traté de aguzar mis sentidos. No, no los de siempre: los otros. Y no me parecía que hubiese nada raro. Así que me decidí por el silencio. Y entonces si, entonces supe qué era: ¡era Montse!. Nadie lo creería, pero ahora hablaba más despacio, se movía más despacio, abrazaba más despacio. Y, por tanto, brillaba todo el tiempo, y los pies no le llegaban al suelo, y cantaba... Cantaba como los mismos ángeles, hasta el final, hasta que la noche se la llevaba. A Rosa se la llevó un buen viento. Se la llevó volando sobre el valle. Aquí, en la tierra, ya había cumplido. Así que en Octubre se fue en cuerpo y alma hacia el cielo. Ahora entiendo mejor lo de sus ojos.
Después de ella volaron todos: Sara, Bruno, Montse, Carlos, Gonzalo, Juliana... Todos se fueron al cielo.
¿Yo?. Yo me desnudé sobre una piedra del río helado. No miré si me miraban o si era profundo. Me tiré al agua y nadé hasta quedar detenido en un tronco seco.
Cambia la hora en punto de los astros mientras vuelve su mirada hacia el espejo sin más ánimo que un último retoque.
Y como cambia, florece de cada imagen real su consecuencia recogiendo el borde oxidado de su vida, alargando la llegada de ese tiempo en el que ya, un riego de socorro es solo agua para la última copa.